¿el obelisco es un lápiz?

Cuando tenía 10 años escribí mi primer cuento. Lo intitulé: “¿El obelisco es un lápiz?” Era para un concurso lanzado por la escuela donde todos los chicos de 4to grado escribirían una historia que en diciembre las maestras publicarían como antología. Expectante a ganar el certamen dediqué días enteros a pensar el argumento, practicaba narración de manera apropiada para finalmente obtener una versión integra del preciado relato. Se trataba de una niña de 10 años atravesada por su primer torbellino existencial conformado en duda y sublimado en pregunta.

La idea que esta niña proponía incluso sin querer, posibilitaría otro tipo de reflexión sobre la representación de uno de los emblemas de la cultura citadina y la relación que podría establecerse con los seres que en ella habitan ¿qué hubiera acontecido con el orgullo a flor de piel que tiene todo “serporteño” si en lugar de creer en la burda concepción fálocentrica del obelisco como metáfora de masculinidad machistoide, fuera simplemente el monumento al lápiz negro?

La ciudad rendiría homenaje a uno de los inventos que potenció la capacidad de creación-expresión-comunicación de la humanidad en lugar de homenajear a quien la tiene mas larga.

¿Cómo hubieran sido los hombres? ¿qué tipo de relación hubieran establecido en vez, con su miembro? Sería muy diferente? Probablemente lo hubieran dejado un poco de lado, y se habrían conformado con la idea de pensar que es una parte del cuerpo y no el centro de la ciudad-universo.

¿Y nosotras, seríamos distintas? ¿Hubiéramos tenido la posibilidad de liberar nuestras encasilladas falo-mentes?¿se nos hubiera conocido en el mundo por tener las mejores ideas dibujadas, o los pensamientos y las palabras escritas, reflejadas en imágenes de múltiples formatos en lugar de reproducir pavadas sobre "las porteñas"?

La primera persona a quien la niña acudió para evacuar su perplejidad había sido por supuesto su madre -quien- para su decepción respondió tajante “no es un lápiz, es un obelisco”.

Sin embargo, no pudo quedarse solo con la respuesta que ella misma ya conocía y decidió llevar su duda hasta el final.

Y así fue que un día sin que nadie la viera tomó su camperita roja, salió de su casa y bajó intempestiva hacia el subte B. El camino era bastante fácil, ya había viajado antes en muchas otras tantas oportunidades con su madre o con su abuela. A veces para ir a los cines de Lavalle a ver alguna película o a caminar por la calle Florida los días domingos como dictaba la moda epocal.

La idea de la aventura a través de los vagones y el viajar sin acompañantes la transportaban a una dimensión cualitativamente mas adelante; miraba la gente, los otros niños, el guardapuertas, la noche de día, el funcionamiento automático de las cosas, la energía, las máquinas, los ruidos, los silencios, los walkmans, la vida que le mostraba de refilón un poco de lo que puede ser que sea...

Cuando llegó al centro, subió a la plaza y enfrentó su destino. Pudo por fin entablar un vínculo directo con el obelisco.

Un viejo que derivaba por el microcentro algo borracho y sucio de meses vio como la niña observaba el susodicho y entendió todo. Rápidamente se acercó a ella quien solo atisbó a hacerle la pregunta de rigor. Señor -le dijo- ¿sabe Ud. si el obelisco es un lápiz? Para su sorpresa el viejo casi sin dudar le respondió que si, que su percepción era correcta, que por fin alguien podía ver lo que tantos otros no eran capaces, que efectivamente el obelisco era un lápiz negro, que dibujaba y escribía y creaba, pero que por cuestiones inexplicables era un secreto de estado, asi que le pidió por favor no se lo dijera a nadie.

El final de la historia es que la niña vuelve feliz a su casa ya que por primera en su vida cree en si misma y así entiende un poco mas de la vida.

(La alegría de creer que está bien creer en lo que se cree de verdad y si viene de una misma misma esa verdad, mejor aún.)

Y fin.

El cuento no ganó el premio de los cuentos. Lo ganó uno horrible, aburrido, sin aventura ni alma. Un cuento descriptivo y objetivo que para peor no había sido escrito por la niña sino que sus padres con ansias de triunfo escribieron por ella.

Sin premios consuelos, la moraleja de esta historia es que la destrucción del potencial creativo y de la autoconfianza forman parte activa del sistema carcelarioescolar.

Fin dos.

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